Ayer terminó la Feria del Libro; para mí, uno de los acontecimientos del año. Nada puede compararse a pasar el rato en una biblioteca o una tienda de libros, buscando alguno en particular o dejándome sorprender por los que encuentro por casualidad. Mi forma de ser me da asco y mi vida me aburre, así que prácticamente nada me hace más feliz que leer. Una vieja historia, ¿verdad?
La realidad tiene elementos interesantes, lo reconozco, que no pueden sustituirse por la ficción. Los podemos dividir en dos categorías: por un lado, la satisfacción de las necesidades primarias y, por otro lado, la interacción con las personas que quieres o aprecias. Vamos, que hay ciertas cosas que es preferible experimentar en primera persona en lugar de recurrir a la experiencia vicaria. Como dijo Woody Allen: “Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete”.
Así y todo, la tónica es que, en su mayor parte, la vida real es un coñazo. En cambio, una vez que has vivido en la realidad un mínimo de sentimientos y situaciones básicos (no digo que sea mejor ni peor, pero opino que no es lo mismo leer una historia de amor si has estado enamorado que si no lo has estado, por ejemplo), leyendo puedes acceder a todas las vidas, situaciones, experiencias, sentimientos, lugares y tiempos que te están vetados en la realidad. Se trata de escapar al tedio, a la rutina, a la mediocridad de mi vida. Al fin y al cabo, ¿no son todas las formas de ocio una vía de escape? Además de leer, también puedo viajar, salir de marcha, ir al cine, jugar a videojuegos, ver la tele...; pero, ¿cambiaría algo o seguiría huyendo de mí misma?
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