lunes, 17 de mayo de 2010

Odio a mis vecinas de arriba

Como ya os habréis dado cuenta de que voy a usar este blog para quejarme de todo y no para algo interesante, voy a empezar con algo que da para quejarse largo y tendido.

Apreciadísimas vecinas de arriba:

Muchísimas gracias por impedir que durmamos yo, toda mi familia e imagino que todo el edificio con vuestros berridos a las dos de la mañana (otras veces es más pronto, he de reconocer, a las doce o la una; prácticamente de día, vamos). Francamente, queridas, me importa un bledo si os quitáis la ropa la una a la otra, si os coméis las galletas que la otra ha comprado con su dinero, o si tenéis un ordenador y no os ponéis de acuerdo a ver quién está en el Tuenti más tiempo.

Pero como veis, aunque no me interesa me he enterado de vuestras tremendas preocupaciones, que dejan a la altura del betún las discusiones sobre cómo salir de la crisis o cómo solucionar el problema de ETA. Así pues, si ya no por respeto, igual os interesaba callar la bocaza por vergüenza.

Solo un detalle más, tened cuidado cuando corréis por toda la casa para pegaros, no os vayáis a caer y abrir la cabeza, ya que lamentaría enormemente poder dormir cuando me apetezca y no cuando me dejéis.

Lo dicho, gracias por amenizar mis noches con vuestro espectáculo trágico-cómico.

miércoles, 12 de mayo de 2010

¿Deber o deseo?

Continuando con el tema de la posibilidad o no de alcanzar la felicidad, se me ocurre otra pregunta: ¿es posible ser feliz teniendo en cuenta que pasamos la mayor parte del tiempo haciendo cosas que no nos apetece hacer? Para poder vivir hay que trabajar, trabajar suele ser desagradable y dedicamos al trabajo como mínimo un tercio del día. Si añadimos el tiempo que requieren los desplazamientos casa-trabajo y viceversa y, a no ser que alguien lo haga por ti, otras obligaciones como las tareas del hogar, cuidar de los hijos en su caso, etc., ¿cuánto tiempo nos queda del día para hacer lo que realmente queremos hacer?
Ya lo advertía el Antiguo Testamento: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Tal vez la felicidad estuviera más cerca si continuáramos en el jardín del Edén y todo se nos diera hecho. La historia del ser humano es la historia de cómo librarse del trabajo: la esclavitud, la lotería, los braguetazos, la delicuencia, la corrupción política… Todo el mundo sueña con vivir sin trabajar.
Los dos factores fundamentales son dos: que te guste o no lo que haces y qué horario y carga de trabajo tienes. Cuando uno de los dos elementos falla, nos metemos en un círculo vicioso del que es muy difícil escapar. La vida se convierte en una estúpida sucesión de días en la que solo aspiras a que la semana pase deprisa para poder llegar al fin de semana, que es cuando realmente vives. Somos presos cinco días a la semana con dos días de libertad condicional, y volvemos a cumplir condena en cuanto terminan.

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Derecho u obligación a la felicidad?

El modelo del sueño americano promociona la idea de que cualquier persona, sea cual sea su extracción social, edad, sexo o raza, puede lograr el éxito si se esfuerza lo suficiente. La idea negativa implícita es que si no alcanzas el éxito es por tu única y miserable culpa, porque eres un inútil o un vago redomado. Con la felicidad sucede exactamente lo mismo. Con toda la oferta de ocio existente, todas las posibilidades a tu alcance, estado del bienestar, créditos, etc., puestos a disposición del ciudadano, está claro que el que no es feliz es porque no quiere. Si embargo, los niveles de felicidad tradicionalmente son más elevados en los países más pobres. Quizá disponer de tantas facilidades para la felicidad lo que hace es elevar las pretensiones hasta niveles que imposibilitan su materialización. Quizá el secreto sea conformarse con poco y el nivel más bajo que se me ocurre para mantener el listón sea en conformarse con estar vivo, no importa en qué condiciones. Si cifras tu felicidad en cualquier otra cosa, puede terminar aburriéndote, dejándote de gustar, terminarse o volverse en tu contra, pero la vida, sin más exigencias, simplemente seguir respirando, es el único bien que cuando ya no lo tengas te va a dar exactamente igual.
Mi duda es: ¿Estamos programados para ser capaces de ser felices? ¿Podemos liberarnos de la necesidad de tenerlo todo? ¿Podemos escapar a nuestros deseos contradictorios? Según el budismo, la liberación de todo deseo conduce a la eliminación de todo sufrimiento. ¿Pero no eliminaría también toda felicidad? ¿No sería sustituir un vacío existencial por otro?