Huelga general. He ido a trabajar para que no me descuenten el día, como tanta otra gente. Todos los derechos laborales que tanto esfuerzo costó conseguir, van poco a poco desapareciendo “como lágrimas en la lluvia”. Y ni siquiera nos inmutamos. Es la supervivencia, estúpido.
La base de los timos es que te prometen que te van a dar mucho dinero, pero siempre que primero adelantes tú un poco de dinero. Es lo que se llama “dar duros a cuatro pesetas”. Todo el mundo sabe que es mentira… ¿O no? Porque, ¿no están las empresas exigiendo a sus trabajadores que “en estos tiempos difíciles”, sean más productivos por lo mismo? Es decir, les están pidiendo duros a cuatro pesetas… Tenía asumido que si compro un billete de avión en una compañía low cost, voy a ir abrazada al asiento de delante como un koala para poder caber, y que no me van a dar de comer ni un triste caramelo. Pero, según esta nueva teoría, me plantearé exigir que, por el mismo precio low cost, me den de comer y tenga espacio de sobra. O pedir la hamburguesa grande en el McDonalds, que me cobren el precio de la pequeña y que me mimen con un servicio de cinco tenedores.
Me hace gracia escuchar que los jóvenes de ahora no tienen una cultura del esfuerzo como la de las generaciones anteriores. ¿No será más bien que el esfuerzo ya no renta tanto como antes? ¿De verdad la relación “más esfuerzo, más dinero”, sigue siendo directamente proporcional? ¿De verdad ahora entra alguien de botones en una empresa y termina de director general? Quizá lo que sucede es que, si te están pisando la cabeza, poner la otra mejilla es de gilipollas. Y que me perdonen los cristianos, pero eso lo hacía Jesucristo porque su padre era Dios y sabía que iba a morir, sí, pero también que iba a resucitar a los tres días. Ahora lo que yo sé es que me voy a morir, sí, pero con sueldo low cost hasta la jubilación.
Indefensión aprendida, lo llaman. Como en el experimento del psicólogo Martin Seligman, hemos aprendido que hagamos lo que hagamos seguiremos recibiendo descargas eléctricas. Así que incluso cuando podemos hacer algo para tratar de cambiar nuestra situación, pensamos que no servirá de nada. Por eso vamos a trabajar, con el único pensamiento de que no nos mermen aún más ese sueldo ridículo que tanto nos cuesta ganar.
(Con todos mis respetos para los más de cuatro millones de parados, que no tienen opción de quejarse de su sueldo ni de decidir si hacen huelga).
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